Cada día en el aula es fiesta para el conocimiento
La vida de los maestros es de sacrificios. José de la Luz y Caballero escribió: “educar solo quien sea un evangelio vivo”. Y es que el maestro no solo se debe sobreponer a las travesuras de los muchachos, sino también a las vicisitudes de la vida cotidiana, y cada noche estudiar para al otro día recibirnos con una sonrisa y nuevos contenidos.
Ahora recuerdo a mi maestra de preescolar Sara Mirtha, quien me enseñó los colores a mí, a mi primo y 7 años después de mi paso por la primaria, a mi hermano. Recuerdo cuando nos llevaba de la mano, de cómo inventaba los juguetes en época del período especial crudo, devenía en toda una artista del papier maché.
Muchos son los nombres que recuerdo, cada uno me enseñó algo diferente. Niurka el abecedario, Xiomara las tablas de multiplicar, Inés los primeros cálculos. Y el maestro Raymundo que estuvo en una zafra voluntariamente y regresó… lo veíamos como Aquiles, el héroe griego que luego conocería por María de Jesús, mi profe de español-literatura, amante de las epopeyas homéricas.
Tampoco olvido a Pedro, a quién se le ocurrió abrirnos las puertas de José Martí y enseñarnos la grandeza del pensamiento de nuestro Héroe Nacional. Aún me parece que estoy ahí, junto a mis compañeros del círculo de interés exponiendo en el palacio de pioneros lo aprendido, recibiendo el diploma ganado junto al profe que hablaba con orgullo sobre nosotros. Ahora sé que debíamos sentirnos orgullosos de tener un profe como él.
Y qué decir de Domingo, mi profe de matemáticas. Hace poco lo vi y me recordó lo gratificado que se sentía al ver que muchos de sus alumnos pudieron ser lo que él soñó. Me habló de su infancia en un pueblito de Matanzas y de cómo la Revolución lo salvó del analfabetismo. ¡Yo me muero enseñando! Expresó con lágrimas en sus ojos. Lágrimas que hablaban de la humildad, educador, quien ha forjado con sus lecciones a generaciones de médicos, biólogos, arquitectos, periodistas, cubanos todos que en su adolescencia estuvieron en el aula del profe Domingo.
Con aquellas imágenes llegué a la Universidad, otro mundo, otra vida. La gran escuela donde como adulto no tienes quien te oriente, quien te guíe como en la primaria, la secundaria o el preuniversitario. Al menos eso creía, sin embargo, allí junto a nosotros estuvo el Dequi, Julio García Luis. Durante los cinco años de mi licenciatura en Periodismo, no nos abandonó en ninguna batalla justa.
Aún conservo la foto de la fiesta de graduación. En los archivos personales de mis compañeros de estudio debe haber otras fotografías tomadas por él. Aquel Doctor nos enseñó de ética y deontología, pero también nos inculcó con su ejemplo los valores de un periodista en nuestra sociedad. Cientos de periodistas lo recordarán durante varios años por su sagacidad de articulista, por su carisma y entrega, por dejar sus galones de sabio de la comunicación y brindar su auto para mover a los estudiantes de la beca. Quizás por eso en su velorio las lágrimas brotaban de muchos de mis colegas, de mis profes que fueron sus alumnos, y de todos aquellos que vieron al ángel arribar a su última morada.
El día del educador es un día de rememoración, de conmemoración y de rendir culto a todos esos evangelios vivos que a lo largo de los años nos han guiado por el mundo del conocimiento. A todos los educadores muchas gracias y felicidades en su día.