Ms C. Ricardo Enrique Gallego Díaz
¿Con cuanta frecuencia verá el maestro puesta a prueba su paciencia? Todos los días. Sé decir que no ha habido año en que cerca de la mitad de maestros de escuela no hayan sido de esos que se inclinan a pensar en otro oficio.
Entre las tribulaciones del aula ocupa un lugar señalado el cuchicheo o los cuentos entre los alumnos, aficionados a hablar sin ton ni son. Suena el timbre o campanillazo que indica el comienzo de la clase, y siguen ellos charla que charla. De nada valen las amonestaciones o algún correctivo. Hablan cuando el maestro explica la lección, hablan en las horas de estudio, hablan al hacer sus tareas.
¿Habrá que achacar semejante charlatanería a que no han aprendido aún la cortesía y la gentileza? Puede que sí. Sin embargo, se piensa que esa incontinencia verbal es resultado inevitable del ambiente de la época. En muchos hogares y comercios retumba la radio, TV, y otros inmensos equipos que sobrepasan cualquier medida en decibeles, lo que hace que se hable muy alto aunque esté hablando en un despoblado.
Se aprecia también, cómo aumenta el número de alumnos que tratan de hacer dos cosas a un mismo tiempo. Por ejemplo, hay alumnos que cuchichean con un compañero, o que leen un libro que nada tiene que ver con la clase, y aseguran cuando se les llama la atención que eso no les impide enterarse de lo que el docente está explicando.
Otra de las pruebas a que se ve sometida la paciencia del maestro, es la desgana con que los alumnos reciben siempre cuanta tarea deben hacer en su casa. “¡Tenemos tantas cosas que hacer!” es la disculpa que jamás le falta. Piden que les den libros “fáciles”; no quieren oír hablar siquiera de los clásicos que nosotros leímos con agrado en nuestros días estudiantiles, sin que se nos hiciese muy trabajoso.
En cuanto al diccionario, casi hay que llevarlos amarrados para que los consulten. Plantean que les es complejo seleccionar el vocablo que corresponde a esa palabra en la oración en que está siendo objeto de estudio.
Canturrean con entusiasmo las estridentes y complejas palabrerías de las canciones que solo dicen y repiten frases y palabras sin coherencia o con bajo nivel instructivo; y casi pueden llegar a llorar cuando se les da por tarea la lectura de una poesía.
En esta época tan apresurada abundan los adolescentes que adelantan en sus estudios a paso de fatigado dinosaurio. Entran en el aula como si terminasen de recorrer a pie medio mundo; se desploman en el asiento para quedar en el pupitre abatidos, semejantes a plantas que agotó la sequía. Tanta es su indolencia, que no les consiente bajar la vista para enterarse de las notas que van al pie de la página en el libro. Recitan la lección con voz desfalleciente, casi inaudible.
Su escritura refleja pereza e indiferencia. Cuando se les reprocha que entreguen, en vez de tareas legibles, páginas llenas de flojos “garabatos”, responden ofendidos: ¡”Pero si yo escribo siempre así”! En cambio, basta que termine la clase para que recobren de súbito las energías y desaparezcan del aula con una rapidez de ardillas.
Otro gran problema resulta el uso correcto del uniforme, cuesta trabajo hacerle ver a hembras y varones que la camisa o blusa debe ir por dentro de la saya o del pantalón; que no se debe usar cintos extravagantes y que las libretas no deben doblarse y meterse en el bolsillo del pantalón. Es necesario hacerle ver a los educandos que el uniforme es el carácter y signo de su retrato para la sociedad, a la vez que le proporciona un exaltado orgullo por haber seleccionado para sí esta profesión.
¡Ah! el maestro:
No ha de consentir el maestro que lo domine la desilusión ni que se le agrie el carácter. La indiferencia o el apego a la ironía en el trato con los alumnos muestra, a mi entender, que su propia capacidad de afecto y comprensión deja bastante que desear. En tal caso es el mismo maestro quien está necesitado de enseñanza y mal puede impartirla a los educandos.
Una pregunta importante que debe hacerse el maestro es ¿Tengo paciencia? La conducta alocada de los alumnos dará ocasión a que se manifieste lo que haya poco de asentado en el carácter del maestro. No perder el dominio de sí mismo en tanto lidia con un grupo de alumnos, que en muchas ocasiones algunos, lo tratan de sacar de sus casillas y esto le somete a un penoso esfuerzo. Ha de hacer frente a las contrariedades sin agitarse. Verle encolerizado y contrariado resulta para sus educandos una diversión sumamente entretenida. En cambio, la seguridad sin ira les impone respeto
Solamente hallándose dotado de aquella paciencia que radica en el conocimiento de la naturaleza humana, en la comprensión de sus impulsos, y en la entrañable simpatía por el prójimo, sea cual fuere su edad, podrá el maestro sufrir la actitud y el proceder de sus alumnos sin indignarse ni cobrarle mala voluntad.
Reconoce él entonces que precisamente cuando más insufribles se muestran los educandos es cuando más necesitan la solicitud del educador; entiende que su conducta hija de conflictos íntimos que ellos no aciertan a resolver.
No incurra nadie en la equivocación de creer que la escuela es simplemente un edificio destinado a la enseñanza. Es crisol en que hierven ardientes pasiones elementales: amor, antipatía, envidia, ansiedad, ira, celos, desaliento, entusiasmo, etc. Es de hecho el centro de mayor intensidad en la vida de la población.
Siempre hay, por fortuna, entre los alumnos de todo lugar de enseñanza un grupo más o menos numeroso que ejerce benéfica influencia compensatoria. Da gusto enseñar a estas criaturas en quienes la apariencia juvenil se hermana con una madurez de juicio superior a sus años. Jamás abusan de la benevolencia del maestro. Lo saludan amablemente cada mañana, en tanto que los otros, los menos sensatos, pasan de largo, ariscos e indiferentes a todo lo que no sea su propia persona.
Otra interesante pregunta que debe hacerse el maestro es la siguiente: “¿Poseo suficiente entereza de carácter?” Rectitud para resistir los apremios de que seré objeto tanto dentro como fuera de la escuela. Alumnos habrá que pretendan aprobar el curso aun cuando le conste que su diligencia en el estudio ha sido microscópica. “Ayúdeme usted,” dicen al maestro los que nunca pensaron en ayudarse a sí mismos estudiando durante el año. No será raro que apelen a la insolencia, y hasta acudan a quejarse al director del centro, del departamento o de la facultad. Ni faltarán padres que, haciendo causa común con el hijo holgazán y apático, se empeñen en que el muchacho ha de aprobar el curso porque sí, aunque no sepa una palabra.
Algunas veces serán los propios superiores del maestro quienes le apremien. Casi todo maestro conoce de cerca la tentación de echar por el camino más fácil, de complacer a fin de ganarse la voluntad del público y aun de las mismas autoridades escolares. Se necesita de mucha entereza de carácter para sostener, sin que le intimiden miradas hostiles, que la misión de la escuela es impartir conocimientos, educar, formar buenos ciudadanos, y en modo alguno convertirse en semillero de malos hábitos.
Igualmente necesita de entereza para escudarse contra el ridículo. Los muchachos son propensos a la imitación; y es de lamentar el ejemplo que les da el público con esa tendencia tan frecuente de burlarse del maestro. Se le critica por ser demasiado joven, o por ser demasiado viejo, o porque viste de una manera antigua; se le censura si pierde la paciencia ante la malacrianza de los alumnos, o si desaprueba al final del curso a los que no estudiaron.
Ojalá que nuestros censores fuesen testigos, siquiera por un día, de lo que significa tener que estimular, instar, corregir, alentar, apaciguar, instruir, en una palabra, empeñarse en ser a un tiempo mismo: guía, amigo y consejero de un grupo de muchachos y muchachas revoltosos.
El maestro siempre tiene una labor ardua, pero a su vez grande y noble, porque ser educador, es ser el tutor de una nueva generación. Es el que ve la vida como una ocasión en el espacio para crear contingencias de situaciones e inquietudes que no se han acunado aún en sus alumnos.
El maestro es ese ser especial que logra que sus escolares perciban sus ideas, las forjen como suyas, las transformen de acuerdo a sus tendencias e ideologías y las hagan realidad. Ser un educador no es nada más cubrir un horario de trabajo, ni cumplir con los contenidos del programa escolar. Es ir más allá, ¡Formar sujetos provechosos y exitosos!
El decoro y vergüenza del docente es una ofrenda para la humanidad, es un apremio para las familias, es una fortuna para los estudiantes ¡Es un éxito que lo disfruta con alegría y regocijo¡ Ser maestro es afinar, esculpir y esbozar con estoicismo y paciencia las destrezas de cada estudiante. Creando con ello una labor de maestría colectiva.
Privar al personal docente de dignidad va en contra de la parte más apreciable del capital humano de cualquier país: los niños y los jóvenes. El maestro o maestra necesita, acaso más que ninguna otra cosa, la fortaleza que le permita sobreponerse a todo esto y ver la importancia de su labor. Si ama su profesión y cumple bien con ella, sabe que está ayudando a la juventud a alcanzar los ideales más altos y nobles de nuestra civilización.
Por rebeldes que se hayan mostrado los alumnos ante los esfuerzos que hace el maestro para educarlos e instruirlos, puede abrigar él la certeza de que al final del curso, los alumnos serán más cultos y sensibles que al principio. Y esa es la mejor recompensa del verdadero maestro.